Prólogo
Todas las artes nos ofrecen una cuota de placer y emociones bellas. Y todos, de algún modo, aceptamos silenciosamente esa oferta, obedeciendo a un íntimo deseo de perfección; una búsqueda de plenitud que –para mí- es inherente a la condición humana.
Una de mis debilidades en ese proceso silencioso ha sido y es la can- ción, que es el formato musical donde el equilibrio entre la palabra y la melodía se torna indispensable. Pero, particularmente, he sido y soy aman- te de la canción criolla de todas las épocas.
Tras la placentera tarea de escuchar y descubrir poetas y cantores, me acerqué muchas veces a reuniones y encuentros, generalmente reser- vados a “iniciados”, profesionales y amadores del género. En una de esas reuniones conocí, hace ya muchos años en su casa, a Antonio Rodríguez Villar, “Tonito”.
El placer más grande de esos encuentros fue oír en vivo y en directo a muchos creadores notables y escuchar los relatos que “Tonito” hacía sobre cada una de las obras que se sucedían entre empanadas y vinos. Si se trataba a Mario Arnedo Gallo, Adolfo Abalos o Eladia Blázquez (mu- chas veces presentes en las reuniones), las anécdotas fluían como prepa- radas por un libretista. Si se trataba de evocar nombres como los de Félix Palorma, Homero Manzi, Mario Pardo, Alfredo Pelaia, Alberto Vaccarezza o del mismo Atahualpa Yupanqui entre muchos más, circulaban riquísimos recuerdos, brindándonos una información y –lo acepto- una formación, imposibles de obtener más allá de una fuente tan directa.
Rodríguez Villar –como él mismo lo expresa en la introducción de esta antología- no hace ningún esfuerzo extra para volcar en un libro lo mejor del cancionero nacional criollo. Simplemente recurre a su envidia- ble memoria de escuchador curioso y sensible. Apela a lo visto y escucha- do en su niñez y adolescencia. Los citados y otros muchos de la dimensión de José Razzano, Edmundo Rivero, Fernando Ochoa, René Ruíz, Osvaldo Sosa Cordero o Hilario Cuadros, son, en Rodríguez Villar, más que nombres; son creadores de carne y hueso, vistos y oídos en directo.
A “Tonito” lo apasiona ese mundo y se mete en él con facilidad. Pero disimula una virtud que lo pone por encima de muchos de los recopiladores o “folklorólogos” en danza: “Tonito” es capaz de tocar y cantar, -con belleza, por cierto- cualquiera de las obras que aquí propone como esenciales. Es decir: el autor de este maravilloso cancionero es –ade- más- un muy buen intérprete que, por diversos motivos, no ha querido desarrollar una vida de escenarios y coqueteos con la popularidad.
El Gobierno de la Provincia de Buenos Aires, a través de su Institu- to Cultural, encara la edición de la presente antología porque entiende que tanta y tan buena información sobre el patrimonio cancionero nacio- nal no debe desperdiciarse. Estoy casi seguro que este libro es insuperable en calidad y cantidad. He revisado su contenido y me alegra constatar
que no hay aquí influencia de ninguna moda; hay una selección serena y prolija hecha desde el conocimiento práctico y desde el buen gusto. Y, lo más importante, es que se trata de un testimonio que abarca un muy amplio espacio en el tiempo: desde lo mejor de la transmisión oral de pro- tagonistas de los inicios del siglo XX hasta lo mejor de los contemporá- neos.
Presiento que esta obra enriquecerá profundamente la documen- tación sobre el tema. Y espero que sirva a las generaciones venideras de abundante abrevadero, útil para recordar que es la suma de buenas obras lo que construye lo trascendente de una Nación, en este caso, desde las canciones, es decir, desde el alma de un pueblo sintetizada en coplas y melodías.
Ing. Felipe Solá

















